Actualizado Sábado,
30
agosto
2025
–
00:09
Tras los ajustes corpóreos y sentimentales de septiembre, octubre llegará como en los versos de otoño, entre madurez y melancolía, cuando todo parece decidir si permanece o se desvanece. También para el euro digital es ese instante: el BCE concluye su fase preparatoria y Europa deberá escoger si esta idea cruza a la vida política o queda en el cajón de los proyectos que nunca encontraron su tiempo. Entre tanto, en el verano, muchos rumores.
Preocupa la distancia con el ciudadano. Hoy, casi nadie entiende qué es el euro digital ni para qué sirve. Y, sin embargo, ese desconocimiento no es definitivo. El dinero nuevo siempre ha provocado desconcierto antes de normalizarse. Técnicamente, todos nuestros pagos electrónicos ya son euros digitales, pero no lo percibimos como tales: funcionan bien y por eso nadie siente que falte nada. El reto es explicar qué añade este proyecto que no esté ya resuelto. El argumento oficial es doble: proteger la soberanía europea frente al avance del yuan digital chino y frente al crecimiento de las stablecoins ligadas al dólar, y ofrecer una alternativa pública en un mundo de pagos cada vez más privatizado. No es un capricho. En la práctica, Europa depende en exceso de redes extranjeras, y una infraestructura propia sería una garantía de autonomía.
Pero ahí empiezan las tensiones. Algunos en el BCE abogan por explorar incluso el uso de blockchain públicas como Ethereum o Solana, en un intento de conectar con los ecosistemas digitales donde ya están los jóvenes y los usuarios cripto. Sería un gesto audaz, pero con riesgos notables: privacidad, gobernanza, seguridad. Una moneda pública asentada sobre una red abierta plantea tantas incógnitas como promesas. Es, en el fondo, la pugna entre popularizar y proteger. El otro eje es la cooperación público-privada. El euro digital debe actuar con redes paneuropeas de pagos instantáneos (como EuroPA) con soluciones domésticas ya existentes con interoperabilidad. Sería la vía natural para distribuirlo y darle vida. Sin esa capilaridad, sería un dinero técnico, sin calle ni cafetería. Con ella, podría transformarse en costumbre.
Se suma una paradoja histórica. Las criptomonedas se presentaron como amenaza a los sistemas tradicionales, y hoy las CBDC parecen buscar sinergias con ellos. El BCE insiste en que el efectivo seguirá vivo, y debe ser así: no se trata de sustituirlo, sino de añadir un complemento digital que herede su gratuidad, su universalidad y, en lo posible, parte de su privacidad. Fijar un objetivo de sustitución sería un error que dañaría la confianza.
El gran obstáculo es narrativo. Mientras el Parlamento Europeo se divide entre los que ven en esta moneda un escudo estratégico y los que temen un experimento caro e incomprensible, el ciudadano sigue ausente. No hay relato claro de qué gana él en la práctica. Y, sin relato, no hay adopción. La historia romana ofrece una clave. Cuando Julio César rompió la tradición y puso su retrato en un denario, los ciudadanos se sorprendieron. Nunca un hombre vivo había aparecido en una moneda. Fue audaz, fue propaganda, y pronto se normalizó: aquel metal no solo pagaba, también hablaba de poder y pertenencia. Después, Augusto perfeccionó la fórmula y convirtió la moneda en símbolo de paz y continuidad. Lo extraño se volvió costumbre.
Hoy, el euro digital carece de ese peso simbólico y de esa cercanía. Nadie lo pide aún. Pero si logra hacerse útil -pagos instantáneos, gratuitos, interoperables, con opción incluso, offline- y llega por las redes que la gente ya usa, podría dejar de ser una incógnita y convertirse en hábito. Más aún en tiempos de falta de confianza en las instituciones y de pugna geoestratégica. Esa fe, como en Roma, no se decreta: se gana en el mercado, en la mano, en el uso cotidiano que vence al desdén, como el otoño al verano.
Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
