22.1 C
Santo Domingo
Sunday, January 18, 2026

Crónica de un domingo cualquiera

No sé bien por qué te escribo esto ahora. 

Supongo que me he dado a la melancolía o a la mala costumbre de los domingos sin ti.

Ya no salgo a eventos literarios. No porque no los haya, sino porque sin ti, todo parece una excusa demasiado obvia para sentirme sola entre gente que se cree interesante. Antes, al menos, la impostura la compartíamos.

Echo de menos aquellas tardes nuestras, disfrazadas de cultura, de poesía, de autores muertos con nombres impronunciables. Íbamos juntas, como casi cada domingo, como si fuera un pacto tácito o una religión secreta. Daba igual si era en ese jardín botánico que está pegado a la Cuesta de Moyano o en cualquier otro sitio donde el café tenía sabor a traición. Lo único que importaba era que tú estabas ahí. Siempre tú. Siempre juntas. Y cuando me recogías en tu barrio con el coche, me tenías preparado un regalo a destiempo que nunca esperaba: un bote de crema corporal, la pluma de un pavo real, un libro con una dedicatoria en forma de Pensamiento o un abrazo de verdad en el que me dejaba drogar por el perfume de tu piel. No era por el regalo, era porque te habías acordado de mí y eso significaba que pensabas en mí.

Y me acuerdo de cómo te reías por lo bajo cada vez que alguien decía algo pretencioso. De cómo me mirabas cuando un poema te atravesaba el pecho. De tus cuadernos infinitos con dibujos de plantas a color. De cómo lograbas que, incluso los silencios incómodos entre lecturas se sintieran cómodos porque yo podía meter la mano en tu abrigo o en tu mundo sin pedir permiso y tú me sonreías.

Ahora, los domingos siguen siendo otra cosa. Más ruidosos por dentro. Hago cosas inútiles como ordenar cajones que volveré a desordenar cuando menos me lo espere, o releer libros que ya no me dicen nada ––excepto La larga marcha, que es uno de mis favoritos––. No es que antes los libros me hablaran más. Es que tú traducías lo que yo no sabía entender. Me hacías querer estar ahí, aunque no me importara el poema ni lo entendiera.

No era el placer de la lectura.

Era el placer de leer a tu lado.

Era el placer de leer para ti.

Era el placer de leerte a ti.

No sé si esto es nostalgia o una forma más elegante de insultar al tiempo. El caso es que te extraño. Y no como en una novela romántica barata ––bueeeeeno, vale; un poco sí, pero solo un poco––, sino que extraño tu sarcasmo, volver a casa en tu coche de noche y que le grites a la teleoperadora que trata de hacerte cambiar de compañía telefónica a la hora de cenar, que huelas a cualquier día de la semana, que me lleves hasta una caída de ojos porque insistas en que me soltase la melena, que criticases a tu manera a esos poetas que usaban la misma palabra más de una vez en un verso.

Extraño cómo hacías que todo valiera la pena, incluso un recital infumable en un parque lleno de bichos.

Quizá no vuelva a ir a esos eventos porque, si no quieres ir conmigo y te vas a sentar tres filas más lejos, esa sí que es una poesía dolorosa. Es falta de sentido. Eran bonitos porque tú estabas ahí. Porque siempre era contigo. Y eso, preciosa, no se reemplaza ni con toda la escritura del mundo.

© Sara Levesque

Populares

cómo llegar y por qué visitar Melincué

Cómo y cuándo conocer Melincue: el santuario...